Gemma Mengual,una sirena en Zagreb


A la nadadora catalana, doble medallista olímpica e icono internacional de la natación sincronizada, le gusta perderse en las ciudades y descubrir rincones alejados del turismo convencional. Exploramos Zagreb con ella.
“Importa poco no saber orientarse en una ciudad. En cambio, perderse en ella como quien se pierde en un bosque requiere cierto aprendizaje.” La frase es del filósofo Walter Benjamin. Y encaja a la perfección con la filosofía de Gemma Mengual. Aunque no es algo que tenga la oportunidad de hacer a menudo, ya que, pese a haber viajado mucho, las exigentes jornadas de trabajo de la competición de élite le dejan poco tiempo para conocer los destinos en los que recala. “Casi todas mis visitas al extranjero han consistido en dejar las maletas en el hotel, entrenar, dormir seis horas, competir y recoger el equipaje para ir corriendo al aeropuerto”, explica. Es por eso que, cuando Gemma viaja en su tiempo libre, disfruta paladeando cada momento con detenimiento, sentándose a tomar un ‘macchiato’ en un café diminuto o deteniéndose a escuchar los acordes que saltan del violín de un músico callejero.
Recorrer una ciudad con ella es recrearse en los pequeños detalles que hacen grandes las cosas. Lo descubrimos cuando la acompañamos a un Zagreb que empieza a despertarse de la modorra invernal. Aquí la nieve se está fundiendo ya y sus habitantes han iniciado una rutina que ellos, entre risas, llaman su “deporte nacional”: sentarse en terrazas a ver la gente pasar.
El día empieza con una visita al mercado de Dolac, situado en el corazón del casco antiguo de Zagreb, capital y ciudad más grande de Croacia. En Dolac, todas las mañanas, se despliegan al aire libre, bajo parasoles rojos, paradas con frutas, miel, quesos, leche, hortalizas y flores. El bullicio continúa no muy lejos, en la calle Tkalciceva, salpicada con terrazas de cafés a lado y lado. Gemma Mengual se sienta en una de ellas y, mientras espera al camarero, nos comenta que, tras décadas de férrea disciplina deportiva, en 2010 ha decidido tomárselo con más calma. “Es mi año semisabático”, bromea mientras encarga su inseparable ‘macchiato’. Proseguimos con un paseo por la plaza de Ban Jelacic, animada por la música de Kraljevi Ulice (‘los reyes de la calle’), una banda callejera que hace dos años representó a Croacia en el festival de Eurovisión. El aspecto destartalado de los cantautores contrasta con el ‘look’ estudiado de las chicas que pasean por la plaza y que, escudadas bajo enormes gafas de sol y con bolsos acharolados bajo el brazo, hacen buena la fama de que las croatas figuran entre las mujeres más coquetas de Europa. Menos prosaica es nuestra siguiente parada. Aprovechamos que nos quedan un par de horas antes de comer para visitar el Museo de Arte Contemporáneo. Con una colección de 14.000 obras de artistas croatas y extranjeros posteriores a 1950, la pinacoteca se ha convertido en todo un orgullo nacional tras su inauguración, el año pasado. Después de esta cita con la cultura, nos dirigimos al restaurante Pod Grickim Topom (Zakmardijeve stube, 5), situado en la Gradec o ciudad alta.
Aquí los camareros nos reciben con pan y unas redondas de paté sorprendentemente perfectas para ir haciendo boca. Tras ojear la carta, Gemma se decide por probar el pescado del Adriático. Remata encargando una crep de chocolate que promete compartir con su novio Enric. Zagreb es una ciudad pródiga en restaurantes con gastronomía autóctona.
Además del que acabamos de mencionar, otras buenas direcciones son Konoba Didov San (Bencekoviceva, 28), famoso por su cocina dálmata, o Kerempuh (Kaptol, 3), con una terraza con vistas a Dolac. Tras la comida, atravesamos la calle Radiceva, repleta de boutiques de moda, para, después de unos cuantos giros, recalar en la vinoteca Bornstein (www.bornstein.hr), en el barrio de Kaptol, al lado de la catedral. Los vinos croatas son todavía grandes desconocidos.
Durante la época de Tito, su producción estaba estatalizada y los viñedos, sujetos a un número limitado de hectáreas. Hoy, la industria del vino croata arrastra todavía el lastre de aquellos años y no ha logrado ser competitiva. Aunque está camino de ello. Calidad no le falta, tal como reconoce Gemma, que, tras catar una copa de Plavac Mali, un vino tinto de la costa dálmata, decide adquirir un par de botellas.
Con el atardecer comenzando a tomar las calles de Zagreb, llega el momento de desperezarse con un poco de ‘shopping’. Poca gente sabe que la corbata, esa pieza hoy esencial en cualquier armario masculino, tuvo su origen en Croacia, en un pañuelo que se sujetaban al cuello de una manera particular los soldados croatas durante la Guerra de los Treinta Años. En Zagreb, el templo de la corbata es la tienda Croata Store (Prolaz Oktogon, Ilica 5, http://www.croata.hr/). Aquí las encontraréis de todas las texturas, colores y estampados. Gemma no puede resistirse a hacer que Enric se pruebe una con dibujos de dálmatas. Él consiente tras una leve resistencia ya que, tal como confiesa entre risas, es poco dado a usar corbata.
Para finalizar este intenso día en Zagreb nos trasladamos al ambiente elitista del hotel Regent Esplanade (http://www.regenthotels.com/%20zagreb. El imponente edificio fue construido en 1925 para alojar a los exquisitos pasajeros del Orient Express, tren de lujo que tenía en la ciudad croata una de sus paradas. El hotel alberga hoy el restaurante Zinfandel’s, con una carta tan sofisticada que cuesta decidirse. Gemma pide un Campari de aperitivo y, más tarde, se decanta por un carpaccio de vieiras mientras que el resto de la mesa –nos acompaña también el nadador croata Gordan Kozulj– optamos en bloque por el bistec tártaro. Allí, bajo la luz de las velas y bromeando continuamente, Gemma Mengual poco tiene que ver con la imagen lejana y altiva que proyectan otras estrellas del deporte. Ella es una chica cercana e ingeniosa, a quien le gusta comer sushi y que guarda sus decenas de medallas en cajitas. Y sí. Puede que se haya pasado media vida en el agua. Pero Gemma tiene los pies sorprendentemente en la tierra.
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