Estambul, puerta de Asia


Los puentes sobre el Bósforo, que unen las tres orillas de Estambul, encarnan el sueño de unir continentes y culturas. A veces las puertas más insospechadas esconden la entrada de grandes espectáculos, y éste es el caso de Estambul, una metrópolis que ha crecido en tres direcciones alrededor de las orillas del Bósforo. Se extiende sobre dos continentes, y simboliza a la vez la puerta de Asia para Europa y la puerta de Europa para Oriente. Estambul, espectáculo esplendoroso y complejo, es el resultado de la decantación de varias civilizaciones, imperios, culturas y religiones, que han sufrido transiciones a menudo traumáticas durante los últimos 2.000 años. No en vano, el carácter de sus ciudadanos es adaptable, negociador y hospitalario –además de hedonista, una herencia que se discuten griegos, genoveses y musulmanes.
Habiendo dejado atrás el mar de Mármara, vislumbramos los minaretes de Sultanahmet y Santa Sofía al Oeste, y la costa opuesta, que presenta las siluetas de Kadiköy y Üsküdar. El skyline de la orilla europea ha cambiado drásticamente en los últimos años. Rascacielos de cristales azules contrastan con la delicadeza grácil de mezquitas como la Ortaköy Camii. Sobre el cerro de esta orilla, se alinea la voluntad imparable de formar parte de Europa. Es la nueva Estambul, que quiere hospedar unos futuros Juegos Olímpicos.
El mítico Gran Bazar es conocido por todo el mundo, ya desde el imperio Otomano. Como si no hubiera bastante con la infinidad de su oferta, saliendo, y por cualquiera de sus puertas, el bazar sigue en todas direcciones, calles abajo, hasta encontrarse con el bazar egipcio o de las especias o hasta Erenler, el viejo patio de fumadores de narguile, un espacio que no tiene reloj. Los turcos y las turcas de todas las edades y condiciones conversan pacíficamente.
Saliendo al Divan Yolu, el paso del tranvía y las prisas de los peatones ponen de manifiesto que el tiempo camina rápidamente. Divan Yolu conduce hasta la plaza de Sultanahmet y Santa Sofía, desde donde pueden verse el Bósfor al Norte y el mar de Mármara al Sudeste. El interior de Sultanahmet posee la magia sobrecogedora de las catedrales. El murmullo de las plegarias queda atenuado por las mil y una alfombras que cubren el suelo. El tiempo es uno de los fenómenos que se escapan de cualquier descripción que quiera intentar darse de Istanbul. Las plazoletas y las escaleras entre callejuelas parecen dormirse una vez se quedan desnudas de vida, y desde los minaretes suenan las plegarias cantadas de los muhetizines. Durante esos minutos indescriptibles, el cielo se llena de cantos sobrepuestos dedicados a Alá como notas venidas de pasados lejanos.
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El esplendor de la reina de las ciudades vibra en el aire de la tarde y recuerda pasiones pretéritas o quizá futuras antes de que el sol bañe de tonos dorados las aguas del Cuerno de Oro. El Cafè de Pierre Loti es el punto romántico ideal para imitar la costumbre de ese escritor francés que, de tanto venir aquí buscando la inspiración, terminó dándole el nombre. Cuando las aguas del Haliç –Cuerno de Oro– se doran, se hace un silencio entre todos los que toman el último té del día. Un lector de posos de café susurra: “Dos caminos, dos años… ¿o quizá dos amantes?”.
El puente de Atatürk lleva hacia Beyo˘glu, y de camino hacia la plaza de Taksim puede admirarse el clásico Hotel Pera Palace, el preferido de Agatha Christie, que siempre llegaba a la estación de Sirkeci con el Orient Express. Pera es el nombre del antiguo barrio judío, y significa ‘abudancia’. La avenida Istiklâl –‘independencia’– serpentea entre tiendas de libros, discos y ropa de marca hasta la plaza de Taksim, el origen de tantas avenidas y calles como de gustos y presupuestos. Los esfuerzos de algunos gobernantes por modernizar Turquía acercándola al estilo occidental fracasaron durante un siglo, hasta que Mustafa Kemal ‘Atatürk’ fraguó un espíritu nacionalista y unitario. Prohibió la escrituraárabe y encargó una nueva grafía latina adaptada a las particularidades de su idioma. Pese a los grandes sacrificios a los que sometió a su pueblo, Atatürk cuenta con el agradecimiento de su pueblo todavía hoy.
Como otras metrópolis de imperios, Estambul ha perdido la capitalidad, pero nunca la pátina de su pasado.
Otro rasgo de las noches de Estambul es que pueden ser tan mágicas como sorprendentes. Quizá al día siguiente, mientras fumamos narguile, entenderemos el enigma escrito en el poso del café. Dos caminos, dos amantes…

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