La hora de Belgrado


Las sombras de la guerra se apartan de la capital de Serbia. Amanece una nueva era. Y Beograd, repleta de jóvenes y terrazas soleadas, está dispuesta a disfrutarla. Por fin ha llegado su hora. Son pocas las ciudades europeas donde uno puede experimentar la cada vez más olvidada y nostálgica sensación de ser extranjero. Belgrado es una de ellas. La guerra de los Balcanes la mantuvo al margen del boom turístico que ha sacudido a otros países del Este. Y, a día de hoy, es raro escuchar a alguien hablar eninglés, francés, español o italiano por las calles anchas y generosas de la capital serbia. En una época de globalización, donde todo parece explorado y explotado, de Beograd continúa colgando el cartel de ‘ciudad por descubrir’. Y es con la emoción de quien desempaqueta un regalo que nos lanzamos a averiguar qué puede ofrecernos. Las guías definen Beograd como “el Oeste del Este y el Este del Oeste”. Y es realmente así. Balcánica pero europea, la ciudad se extiende alrededor de la unión del río Saba con el Danubio. El pulmón de Belgrado se esconde en el Parque Kalegmedan, rodeado por una fortaleza y sede del ‘Víctor’, la famosa estatua de un hombre con una espada y un pájaro que se ha convertido en símbolo de la ciudad. Hasta el parque se acercan cada día miles de jóvenes a pasar las tardes. Imposible contabilizar la cantidad de enamorados que se instalan en sus bancos de madera. Una vez en Kalegmedan, una buena idea es ir a tomar algo a la terraza del Club Cinema, en medio de la fortaleza y con unas vistas impresionantes sobre los ríos. También podemos acercarnos a la Torre del Reloj, el Museo de la Fortaleza, el Museo Militar o el zoo, ubicados todos ellos dentro del parque.
Otro punto emblemático de la ciudad es la calle Knez Mihailova, que se alarga desde la Plaza de la República, que alberga el Teatro y el Museo Nacional, hasta el propio Parque de Kalegmedan.

Vuelos a Belgrado

Las tiendas de moda y los cafés al aire libre son aquí los protagonistas. Sentarse en uno de ellos (recomendamos el café-pizzería Snezana, abiertodesde 1958) y ver la gente pasar es todo un espectáculo. Como sucede en otros países de Europadel Este, los serbios son muy coquetos. Tras años de estrecheces económicas y con alguna herida de guerra todavía por cicatrizar, se han lanzado a los brazos del capitalismo sin complejos. Ropa de firmas internacionales, tacones imposibles en ellas y gafas último modelo en ellos… Las calles serbias son auténticas pasarelas de moda. Si el corazón comercial de Beograd late en Knez Mihailova, el corazón bohemio reside sobre el suelo empedrado de la calle Skardarlija, una vía en la que han anidado escritores, pintores y músicos desde el siglo XIX. A tan sólo unos minutos de la Plaza de la República, aquí todo nos remite a Montmartre. Skardarlija es más parisina que balcánica: los balcones están cuajados de flores, los pequeños cafés se multiplican por doquier, la música salta del acordeón de un artista callejero y hasta el nombre de algún hotel, como el legendario Le Petit Piaf, nos transporta a la ciudad de la Torre Eiffel. Al final de la calle, hallamos el ‘Sebilj’, una fuente que Sarajevo regaló a Beograd en plena Guerra Fría, después de la Conferencia de Países No Alineados (1961). Además de calles y de terrazas al aire libre,Beograd es también una ciudad de construccionesen permanente contradicción. Los oscuros bloques de la etapa comunista, desangelados y mastodónticos, conviven junto a gráciles edificaciones del siglo XIX que dan cuenta de épocas doradas.

En la lista de lugares para visitar no pueden faltar la catedral de Santo Sava y la iglesia de San Marcos y Tasmajdan. La primera es una de las iglesias ortomabandoxas más grandes del mundo y un símbolo de Serbia. Su remodelación comenzó en 1985 y aún no ha terminado, motivo por el que se la suele comparar con la Sagrada Familia de Barcelona. El templo está dedicado al Santo Sava, fundador de la Iglesia ortodoxa serbia y figura clave en la historia medieval del país.
Si descubrir Beograd de día resulta estimulante,la ciudad se reserva su lado más canalla y salvaje para las noches. Los ‘splavovi’ o clubes flotantes en las orillas de los ríos Sava y Danubio son centros de peregrinación nocturna. Entre los clubes más destacados, la coctelería Cruise (Block 70) o el Exile (junto al viejo puente de Sava). La fama nocturna se ha extendido y atrae a miles de jóvenes de los países fronterizos que confor-ortomaban la ex Yugoslavia.
Lo que la guerra separó, hoy la música y el baile lo están volviendo a unir.

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